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Los protagonistas de la historia del niño héroe Dionisio Díaz

 

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Testimonios: ¿Cómo era los protagonistas de esta historia?

 
     
 

FRAGMENTOS DEL LIBRO “EL PEQUEÑO DIONISIO” escrito por el Maestro Ariel Pinho boasso y Maestro Santiago Rivero Amaro

 
     
 

 Sus abuelos: Juan Díaz y  María Rosa

 
     
     
 

 “ Juan Díaz, nació en Montevideo, en 1855, hijo de Mariano Díaz y Teresa Hernández.

 

Sus primeros años los pasó en Montevideo. “Su juventud transcurrió en el Departamento de Florida, en el paraje “Carreta Quemada” .

 

Allí el destino lo hizo carrero”. “En carretas o carros, Juan Díaz era hombre de confianza de comerciantes y barraqueros. Sus viajes desde Florida hacia Montevideo, lo mantuvieron en las últimas décadas del siglo en un permanente deambular por los arduos caminos del Sur. La lucha por su trabajo en los difíciles tiempos que le tocó vivir, lo endurecieron. Lo hicieron más rudo, mas callado, mas hombre.” .

 

 “En ese  andar permanente, conoció a María Rosa, en las proximidades de San José.” “ Era una italiana que llegó con su esposo, José Fasciolo.

 

 Había quedado viuda, sola, con varios hijos….”.

 

 Juan Díaz se casó con María Rosa y, en febrero de año 1900 nació María Luisa.

 

“San José y Florida fueron el ambiente donde María Luisa pasó sus primeros dos años.”…

 

“Felicia, hija del primer matrimonio de María Rosa, fue madre prematuramente. Dos años antes de nacer María Luisa, María Rosa era ya abuela de Eduardo Fasciolo”

 

“Juan Díaz era un hombre comprensivo y cariñoso con su esposa y la familia. No reprocharon lo sucedido a Felicia y desde el primero momento recogieron a Eduardo como hijo y en esa condición se le conoció.”.

 

En Enero de 1902, Juan Díaz, llegó al Paso de Arroyo el Oro…” junto con María Rosa, Eduardo y la pequeña María Luisa”. (Extractos de las páginas 9 al 11 de la investigación de Pinho y Rivero)

 

 
     
 

 El Nacimiento de Dionisio

( Pág.20- 25 del libro de Pinho y Rivero)

 

8 de Mayo de 1920. Hora 18.

                        -Varón, es un varoncito María Luisa.

                        -Gracias doña Laurentina, muchas gracias.

 

                        María Luisa con sus veinte años había sentido la necesidad natural de conocer otras personas, de hablar, de tener amigos, de sentirse una más de las jóvenes de aquel desolado paraje. La única forma de hacerlo, era visitar el pueblito cercano en el que poco más de doscientas almas tenían sus mismos problemas y por eso la comprendían.

 

                        Quintín Núñez era un vecino muy querido en el pueblo. Sus ranchos, en los que vivía con Felicia y su familia, eran lugar de reuniones los domingos o cuando era celebrada una fiesta familiar. Casi sin saberlo, María Luisa sintió en su sangre la pasión que la envolvió, hasta convertirla en madre.

 

                        El mismo Juan Díaz ya se había “hecho a la idea de un nieto”

                        Por eso no llamó la atención que sin pérdida de tiempo fuera hasta el pueblo por el camino de los Vergara, a buscar a doña Laurentina, la curandera del pueblo y la que se encargaba de los partos que se daban en la zona. Doña Laurentina era además, hermana de Quintín, el padre de aquella criatura que iba a nacer en los ranchos que hacía 18 años habían levantado los Díaz en la costa de El Oro.

 

                        Cuando la tarde daba paso a la noche, un llanto infantil iluminó, por primera vez, aquellos negros ranchos de Juan Díaz.

 

                        Un varón rubio, de hermosos y tiernos ojos azules, se convirtió desde ese momento en el orgullo y felicidad de la familia.

 

                        Había nacido Dionisio, el Pequeño Dionisio, “el niño rubio de ojos color cielo”, “cachorro de tigre” , “el Niño Héroe”.

 

                        8 de Mayo de 1920, hora 18, ve la luz de este mundo el pequeño que, exactamente nueve años más tarde, escribiría una de las páginas más heroicas de nuestra raza.

 

                        El abuelo estaba desconocido. Afloró en aquel hombre rudo, por todos sus poros, una ternura que conmovió a sus parientes y sorprendió a los vecinos.

 

                        El 24 de ese mismo mes, invitó a su amigo, el comerciante Felipe Álvarez , para ir hasta Vergara “para presentar al gurí”.

 

                        Marcharon lentamente a caballo. Juan Díaz era otro hombre, ahora capaz de expresar sus sentimientos y de no ocultar su alegría que se traducía en una sonrisa que antes nadie conocía.

 

                        A las 10 de la mañana en punto llegaron al Juzgado que se encontraba, ¡qué coincidencia!, a pocos metros de la casa donde vivía Serafín J. García, quien años más tardes escribiría los versos más hermosos que se      han hecho para Dionisio.

 

                        Se necesitaban otros testigos y Juan Díaz invitó al platero del pueblo, Alfredo Pedro Guadalupe.

 

                        Vicente Rivero, el Oficial del Estado Civil de la Segunda Sección de Treinta y Tres, comenzó lentamente a llenar la hoja 37 del libro colocándole al margen el número 74.

 

                        Y vienen las preguntas de rutina. Nombre: Juan Díaz, oriental de 65 años, agricultor, domiciliado en Arroyo El Oro”.

                       

                        Para llenar los requisitos que le pedía el funcionario, Juan Díaz aclaró “que hace esta declaración por encontrarse enferma la madre de la criatura que se inscribe y no esperarse su pronto restablecimiento y a fin de no dejar vencer el término de la ley”.

 

                        Cuando llegó el momento de firmar, Juan Díaz manifestó que no sabía hacerlo. Lo hizo “a ruego” Raúl Cardozo, un joven empleado de comercio, residente en Vergara.

 

                        Juan Díaz se mostraba orgulloso. Aquellas cinco leguas que hizo a caballo con Felipe Álvarez, fueron  las más lindas de su vida. Era el centro de las bromas y ninguno de los allí presentes podía suponer que ese mismo          tierno abuelo sería el causante de la tragedia que llevó a Dionisio a la Inmortalidad.

           

                        El primer regalo que recibió Dionisio fue una cunita hecha con madera de sauce labrada por su tío Eduardo. Alrededor de esa cuna giró durante varios años la felicidad de aquel hogar.

 

                        Desde el día que dio sus primeros pasos, fue el compañero inseparable de su abuelo y su tío. Con ellos comenzó a conocer la vida, a interpretar el paisaje, conocer los animales, a ver más allá de lo que los ojos perciben…

 
     
 

Nacimiento de la hermanita (Pág.  25-28)

 

El viejo Juan Díaz comenzó a perder aquella sonrisa que había nacido con Dionisio. El pequeño tenía casi ocho años. Para los vecinos la amargura y el cambio de Juan Díaz obedecía a la presencia, cada día más frecuente, de los camiones “fores” que con su polvoriento andar, poco a poco iban dejando sin trabajo a los carreros.

 

                        Pero eso poco importaba a Juan Díaz. Ya tenía más de setenta años y su cuerpo no estaba para soportar los rigores de las noches de invierno, durmiendo a cielo abierto.

 

                        Además en sus ochenta cuadras de campo, había logrado juntar “un capitalito” que daba para vivir. Eduardo le daba una buena mano.

 

                        Ni tampoco era porque había quedado viudo. No se lamentaba mucho por la muerte de María Rosa porque el gurí “llenaba todos los recovecos del corazón”.

 

                        Sólo él sabía porque se había vuelto taciturno, agresivo, serio.

 

                        Era la presencia de Luis Ramos que había envuelto a María Luisa en un desborde pasional que comprendía pero no soportaba.

 

                        No le reprochó, porque así lo sentía, que hubiera quedado otra vez embarazada. Juan Díaz, criollo de la vieja estirpe, sentía en sus entrañas lo mismo que ocho años después, nutriéndose en el mismo paisaje, decía en sus versos Serafín J. García:

 

                        “No l’importe, m’hija, qu’el pago mermure

                        y ensucén sus nombres lo que la cren mala.

                        ¡Más piores son esas que matan sus crias

                        pa poder asina seguir siendo honradas!

                        Cuando nasca su hijo, ¡que lo sepan tuitos!:

                        ¡mamará en sus pechos, dormirá en su falda;

                        será su cachorro nomás, ande quiera,

                        pues ser madre, m’hija, no es nunca una falta!”

 

                        No era este segundo embarazo de María Luisa lo que había vuelto huraño al viejo Juan Díaz.

 

                        Era Luís Ramos, carrero, esquilador y contrabandista, se le metía en casa, en su campito. En aquel pedazo de tierra que para él era la libertad; donde él, Juan Díaz, se sentía como el único hombre capaz de hacer y deshacer.

 

                        Cada tanto, Luís Ramos venía y pasaba unos días con  María Luisa que se prodigaba en cariños, porque era así para su amor y para los que la rodeaban.

 

                        Luís Ramos movió un alambrado de la chacra y eso sí enardeció al viejo.

 

                        -¡Cómo va a tocar ese poste si lo puse yo!

 

                        Promediaba febrero y Luís Ramos fue en su caballo hasta lo de Natalio Vergara. Pidió un sulky y fue a buscar a la partera. Doña Laurentina no se hizo esperar y marchó por segunda vez para asistir a María Luisa.

 

                        -Es una hembrita, María. Preciosa.

                        -Gracias dona Laurentina.

 

                        Esta vez no fue Juan Díaz con su amigo a presentar la nieta al Juzgado de Vergara. Luís Ramos lo hizo como padre natural pues no estaba casado con María.

 

                        Con más frecuencia Luís Ramos visitaba los ranchos. La hija, a la que llamaron Marina, los unió más y eso al viejo Juan no le gustó.

 

                        Cada vez que lo veía cortar un palo o usar una herramienta, soltar un caballo o dar una orden, a  Juan Díaz le hervía la sangre. Sentía que perdía la cabeza.

 
 
 
 

TESTIMONIOS DE LA TRAGEDIA DEL PEQUEÑO DIONISIO Y PROTAGONISTAS DE LA TRAGEDIA

 

Trascripción del Libro del Maestro Ariel Pinho Boasso y Maestro Santiago Rivero Amaro

 

Los hechos narrados en este libro, como sus protagonistas, lugares y costumbres, son reales. La reconstrucción fue posible por los testimonios recogidos a lo largo de veinticinco años. Esos testimonios están registrados en documentos, grabaciones, fotografías y filmaciones.

 

                        Para que los lectores tengan una idea del valor de los mismos, citamos a los principales testigos, protagonistas de una forma  u otra, o que por su vecindad,  conocían a la familia de Juan Díaz.

 

·      Carlos Yelós

      En 1929 era el Escribiente de la Comisaría del El Oro. El y otro policía recibieron a    Dionisio cuando llegó herido. El niño murió en sus brazos. El relato de Yelós fue             grabado en 1979.

 

·      Víctor Prigue

      El valioso testimonio de Prigue fue grabado en 1965. Se le advirtió que la grabación   tendría valor de documento y que no se daría a conocer hasta después de su muerte.      Se expresó libremente, ajustando su relato a la realidad.

 

      En su automóvil viajaron el Juez y el Médico. Escuchó las declaraciones del niño,        conversó con él y estuvo en el lugar de los hechos. Dionisio murió en su vehículo,             cuando era trasladado a Treinta y Tres.

 

·      Lino Pereira

      Cuando se le entrevistó en 1978, había cumplido 100 años. Vivía en el mismo            rancho, en El Oro. Era vecino de Adelaida González, a quien Dionisio entregó su             hermana. Estaba presente en el lugar.

     

·      Natalio Vergara (h)

      Vecino del lugar. El campito de Juan Díaz estaba muy cerca de su casa. Conoció a     toda la familia y vio a Dionisio en la Comisaría.

 

·      Luís Ramos

      Es el padre de Marina, la hermana de Dionisio. El testimonio fue grabado en 1979.

 

·      Serafín J. García

      Cuando Emilio Oribe; como integrante del Consejo de Educación Primaria, le             encomendó al recordado escritor treintaitresino Serafín J. García la misión de visitar             el escenario de la tragedia de El Oro, a fin de que pudiera documentarse para            escribir un poema destinado a las escuelas del país, no tardó en asumir la       responsabilidad.

 

En agosto de 1947 visitó el lugar, habló con los pobladores de la      región, recorrió palmo a palmo aquel desolado paraje. Para escribir esa obra,         “Romance a Dionisio Díaz”, logró profundizar en el tema con la ventaja de que    había conocido en su pueblo, Vergara, a Juan Díaz en sus años de carrero.

 

 En 1982 el autor de este libro mantuvo prolongadas  entrevistas con Serafín    J. García, las que también se conservan grabadas.

 

                  En esas oportunidades, su aporte fue muy valioso para confrontar       testimonios y apreciar aspectos que la inteligencia superior del poeta había captado.         Las coincidencias fueron admirables y lo recogido por él en 1947, de los mismos  testigos, se mantuvo inalterable.

     

 

·      Agr. Juan Vergara

      Hijo de Natalio Vergara, propietario de los campos linderos al de Juan Díaz. Era        hombre muy joven en el momento de la tragedia, pero su aporte ha sido importante            para elaborar este trabajo.

 

 

 

·      Nelson Núñez Fasciolo

      Hijo de Quintín Núñez (el padre de Dionisio) y Felicia Fasciolo. En 1929 era apenas unos meses menor que su medio hermano, el Pequeño Dionisio.

 

                  Agregaremos algunos fragmentos que permitirán a los lectores tomar un  contacto más directo con los testimonios referidos.

                  Nos parece interesante ofrecerles la descripción de los protagonistas de esta   historia.

 

 

 
     
 

PROTAGONISTAS  DE LA TRAGEDIA

 

·      Dionisio

      “Era rubio. Un hermoso niño. Delgadito. Alegre. Rubio y de ojos azules. Muy blanco de cutis. Con los cachetes rosaditos.

 

 Pasaba el día jugando. Le enseñó a caminar a Marina. Tenía unos animalitos que le había dado el tío y padrino Eduardo. También unas vaquitas. Le gustaba mucho el campo. Nunca había ido a la escuela. Eduardo y él eran verdaderos amigos”. (Luís Ramos)

     

      “Cuando yo iba a la casa de don Juan, mandado por mi padre, lo encontré muchas veces en esa cuchilla, junto al camino que iba a la casa. Recuerdo que me saludaba de lejos. Casi siempre llevaba dos o tres maletas. Venía a caballo al almacén del pueblo. Pero casi siempre iba por dentro del campo, a pie. Era rubio. Precioso. Yo lo vi en la cama con las tripas de afuera. ¡Que machito era! Era precioso, pero más lindo tenía lo de hombre.” (Natalio Vergara)

 

      “Dionisio era hijo de Quintín Núñez. Cuando llegó con su hermanita en brazos venía con una ropita muy liviana. Tenía una camisita de percal. Era un niño corriente. Menudo y juguetón. Siempre venía a El Oro por la costa del arroyo. Seguro que él vino por ahí. Nunca salía por el campo para no desparramar las vacas y las ovejas.” (Lino Pereira)

 

      “Yo fui varias veces a lo de Juan Díaz. Por lo menos tres veces. Dionisio era alegre, simpático y muy lindo. Era novelero y conversador. Muy preguntón. Se hacía muy simpático. La madre le estaba enseñando a leer. La escuela le quedaba muy lejos. El tío Eduardo no tenía instrucción y pedía que lo mandaran a la escuela.” (Carlos Yelós)

 

      “Era muy lindo. Rubio y de ojos azules. Cabello bien rubio y rizado. Carita redonda. Mejillas rosadas pese a la sangre que había perdido. Era hermoso.” (Víctor Prigue)

 

     

 

·      María

      “María era una mujer alta y delgadita. ¿Usted conoce a Marina? Casi igualita. Un poco más delgada. No era tan morocha como la hermana de Dionisio. La boca y la nariz, igualitas. Era muy alegre, buena y trabajadora.” (Luís Ramos)

 

     

·      Eduardo

      “No me canso de ponderarlo. Era un gran hombre. Morocho, bajo, de bigotes. Era rengo porque lo picó una crucera, en la garganta del pie y como en esos años (1912) las conducciones eran muy lentas, le hicieron una ligadura y se pasó. Se vieron obligados a cortarle la pierna. Era elegante. Éramos muy amigos. María, la hermana le acomodaba la ropa. Cuando iba a salir, una sola manchita que le viera a la ropa, no se la ponía. Era un buen mozo. Era inteligente. Cuando yo fui a la casa, ya le había hecho el caballito de madera a Dionisio. El niño, la mayor parte de su tiempo, le ponía al caballito de madera el recado del tío. María y Eduardo eran dos hermanos muy felices. Eduardo sabía  leer muy poco, salió de segundo.” (Luís Ramos)

 

      “Trabajaba con el abuelo. Yo le conocí trabajitos, como ser caballetes de recado y otras cositas de madera. El fue carrero. Era un hombre muy prolijo. Muy buen mozo Cuando ensillaba, era una pintura. ¡Qué buen muchacho era!” (Natalio Vergara)

 

      “Lo conocía mucho. Era muy inteligente. De conversación muy fluida. Era más bien callado, pero de muy correcta expresión. Era muy querido en el pueblo” (Carlos Yelós)

 

·      Juan Díaz

      “Yo lo conocí en Vergara, cuando era carrero. El concepto general que había de él, era bueno. Hombre trabajador, honrado, servicial. Era un típico hombre de nuestra campaña. De aspecto exterior muy duro, firme en sus decisiones.” (Serafín J. García)

 

      “Salía muy poco. Fue carrero en sus primeros años. En esos años de la tragedia ya estaba retirado de toda actividad. Trabajaba solo en su casa. El concepto que había era de un hombre bueno y trabajador. Yo lo conocía bien porque había sido carrero de mi padres.”(Carlos Yelós)

 

      “Un día me dijo que estaba muy disgustado porque no estaba acostumbrado que en su casa se vieran cosas que no le gustaban” (Natalio Vergara)

 

      “Era un  hombre muy bueno. Servicial. No quería los amores de la hija”. (Lino Pereira)

 

      “Yo estuve dos años entre ellos. Allí, en aquel lugar. Nunca pude conocer al viejo a fondo. Sin embargo Eduardo, María y Dionisio eran gente que daba gusto. Era callado. Para mí fue siempre un hombre de mala intención. Callado, pero de mala intención. Al principio nos llevábamos bien, después no. Tuvimos algunos cambios fuertes de palabra en más de una oportunidad. Yo estaba para irme. Queríamos irnos para El Oro, para poner a Dionisio en la Escuela. Cuando regresé ya era tarde.” (Luís Ramos)

 

·      Marina

      Cuando se le preguntó a Luís Ramos si Marina habría ayudado a Dionisio en su largo recorrido hacia el pueblo, manifestó: “¡Que lo va a ayudar! Marina caminaba allí a las cortitas. La debió llevar todo el trayecto en brazos, con toda seguridad. Marina pesaba, era gordita. Tenía 15 meses. Ella es del 17 de Febrero”.

 

·      El escenario

            “Este pueblito tenía muy pocos ranchos de mala muerte. Eran de peones de estancias, trabajadores rurales, policías. Era un pueblo de muy poca importancia. Habría entre 200 y 300 habitantes. La vida era completamente tranquila. Era gente buena y de trabajo. Los hombres pasaban su tiempo trabajando en las chacras y las estancias de la zona. Teníamos teléfono policial con Treinta y Tres y Vergara. Había diligencias y autos y camiones que hacían el tramo de Treinta y Tres a Vergara. Más cerca quedaba Vergara, unos 25 kilómetros y a Treinta y Tres unos 38. En auto se demoraba por lo menos dos horas a Treinta y Tres y a Vergara algo menos. La escuela estaba casi en el mismo lugar de ahora, un poquito más hacia el pueblo, donde hoy está el plantío de robles. La Comisaría estaba exactamente donde hoy está el monolito. Allí recibí a Dionisio en aquella mañana muy fría del 10 de mayo. La puerta daba hacia el camino que va al paso.” (Carlos Yelós)

 

            “El lugar donde vivía Juan Díaz distaba una legua del pueblo, cortando campo. Por el camino quedaba más lejos. Es una zona semi quebrada. Hay unas cuchillitas que caen sobre el arroyo. Hay unas cañadas con piedras circundando el lugar. Muchos árboles. Es un lugar muy lindo. Los ranchos eran de terrón y paja. En sentido de cuadro. Separados los ranchos por un distancia de tres a cuatro metros. Hacia un lado había un caminito      (por donde escapó Dionisio) que unía los ranchos con el arroyo pasando por una chacrita. Ese camino estaba bordeado de malezas altas, especialmente chircas. Era un lugar sucio. A los tres metros o muy poco más, empezaba ese camino. Ese camino que lo ocultaba, fue el que buscó   el niño para escapar del abuelo que aún estaba     rondando.” (Víctor Prigue)

 

 

·      El día

      “Había un viento de helada. Tan frío estaba que cuando llegó el niño, estábamos tomando mate al abrigo del sol, detrás del rancho.” (Carlos Yelós)

 

      “Un día con una helada bárbara que se levantó con viento” (Lino Pereira)

 

·      La tragedia

      Un pequeño fragmento de los testimonios recogidos por los autores, puede dar una idea más exacta del comportamiento de Dionisio en el instante crucial de aquella noche. El relato de Carlos Yelós y Víctor Prigue que escucharon las declaraciones del niño así lo establecen:

 

“Dionisio se interpuso. Se metió en el medio, poniéndole los brazos y su cuerpito para evitar que hiriera a su madre. Pero ya estaba herida. Y así fue herido Dionisio. El niño gritó al tío. La madre que ya había caído cerca de la puerta, intentando abrirla. El niño, sin dudar un instante, corrió hacia donde estaba su hermanita cubriéndola con su cuerpo. El tío Eduardo ya venía. El abuelo salió al patio. En este momento Dionisio con Marina en sus brazos pasó entre aquellos cuerpos que se habían abrazado en el patio en feroz lucha. Como una luz se metió en el cuarto de donde había salido su tío.”.

 

·      La noche

      Algunas de las frases que pronunció Dionisio y que Yelós y Prigue recuerdan textualmente:

 

      “Mamá estaba acostándose en el suelo. Allí estaba porque el abuelo estaba enfermo. Para atenderlo. El abuelo estaba apoyando las manos en las rodillas mirando para abajo. El por acostarse. En un momento saltó con un cuchillo en la mano sobre mamá. La atacó a puñaladas. Yo me metí en el medio.”

 

                  Cuando describió la noche interminable: “Tapé a mi hermana para que no llorara, la podía sentir el viejo.”

 

      “El tío arrastrándose llegó hasta la puerta y me pidió que le abriera. Pensé que se arrastraba porque había perdido la muleta. El tío me dio la plata, me dijo donde guardaba cuatro pesos. Me dijo: las ovejas son para ti. El Caballo es para ti. También el apero. Luego se quedó dormido, no habló más.”

 

      “Dionisio hizo un atadito con las ropas de Marina. Para él, no puso nada. Su única preocupación era que la niña llorara y el viejo escuchara. Las horas no pasaban. Hasta que sintió los pájaros. Era un niño del campo, sabía que cuando los pájaros que andaban en el patio se callaban, era porque alguien andaba por allí.

 

Estaba amaneciendo. Lo más duro fue cuando nos dijo que se había cortado un pedazo de grasa que le salía de la herida, con una tijera. Se había enfriado mucho y le dolía. Cortó un pedazo de sábana y se vendó. Cuando amaneció, miró una y otra vez. No sabe cuantas veces. Hasta que estuvo seguro de que el abuelo no estaba. No sabe la hora, pero al poco rato de aclarar. Abrió la puerta ya con la niña en brazos y con el atadito de ropa.

 

 Se dio cuenta que Eduardo estaba muerto. No se animó ir hasta el otro cuarto donde estaba su madre muerta. Miró solo el camino que a dos o tres metros, entre los yuyos altos, se abría por la chacra. Pasó el alambrado y se metió allí. Y corrió y corrió hasta donde pudo. Sin mirar para atrás. Sin detenerse.” (Carlos Yelós)

     

·      Cumple la hazaña

      “El pobre llegó con la hermana. Había una helada que le volaba la pera. Menos mal que la gurisita no lloró. Yo le vi la herida. Cuando se acercó nos dijo: vengo herido, el abuelo mató a mamá y al tío. Braulia salió corriendo y agarró a Marina. El Lalo le dijo si quería que lo llevara en brazos a la Comisaría y el gurí dijo: no señor, ahora ya dejé la hijita. No don Lalo, ahora voy mejor”. (Lino Pereira)

 

      “Apareció por el frente. Vimos que venía un niño. Lo conocimos cuando estaba a unos 15 metros. A la hermana la dejó en la casa de Lalo González que había sido policía y era alcalde, tenía un ranchito a media cuadra. Sus primeras palabras fueron: el abuelo mató a mi madre y al tío Eduardo y me hirió a mí. Lo acosté en mi cama. Mandé buscar a una vecina, pariente del padre, doña Laurentina Núñez y le pedí que quedara allí cuidándolo. Venía fajado. Le dolía porque estaba con los intestinos de afuera. No se podía apretar. Estaba malo. No se quejaba. Lo único que expresaba era rabia porque le habían matado la madre y el tío Eduardo.” (Carlos Yelós)

 

      “Es inexplicable que Dionisio no llorara, ¡con aquellas heridas! Solo se quejó cuando el médico lo cortó sin anestesia. Las únicas lágrimas que Yelós y yo le vimos fue cuando  miró al Juez y no le respondió, pero fueron de rabia. ¿Cómo pudo recorrer aquellos cinco o seis kilómetros con la niña en sus brazos, sin parar? Tampoco tiene explicación que la gurisita no llorara, en ningún momento. Lo he pensado todos esos años y no encuentro explicación. Solo un milagro. Un milagro.” (Víctor Prigue

 


 

 
     
     
 

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