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La tragedia del niño héroe Dionisio Díaz

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RELATO DE LA TRAGEDIA
Extraído del Diario Palabra de Abril de 1982

· 8 de mayo de 1929: Cumpleaños de Dionisio:

Extraído del Diario Palabra del 23 de Abril de 1982.


El pequeño Dionisio, el niño rubio de ojos azules, el del caballito de madera …el 8 de Mayo cumplió sus 9 años. Hacía 9 años que el abuelo Juan había llegado a Vergara para inscribirlo. Orgulloso, contándoselo a sus amigos.


Nueve años que solo se vieron alterados cuando el abuelo empezó con “sus locuras”…. María era muy trabajadora y buena. Adoraba a su niño rubio.


Eduardo, el tío y padrino, ayudó preparando la fiestita.
Marina, con sus 15 meses y gordita como era, habrá participado de las cositas ricas que su madre habría preparado para Dionisio.


El abuelo seguía mal, pero igual estuvo con ello.


· 9 de Mayo : La tragedia.


El día siguiente, el 9 de mayo, estaba “helado. El resto de las cositas del cumpleaños se pusieron en la mesa para el desayuno. Era otro día más en la vida de esta familia humilde pero muy buena.


El abuelo se sintió enfermo. Cuando esa noche se fueron acostar, le pidió a María que “se quedara con él en el cuarto y le hiciera un te”.


El tío Eduardo que dormía en el mismo cuarto, se trasladó al de María. Esta, Dionisio y Marina, con un colchón de dos plazas se acostaron en el suelo para cuidar al abuelo….

 
     
     
 

·         Relato del Diario del 30 de Abril de  1982:

 “La noche del 9 de Mayo”

 

   

 

  Los ranchos de Juan Díaz eran dos, “dispuestos en forma de cuadro”, separados por un parral. “Unos tres o cuatro metros, nomás” era la distancia entre uno y otro”.

Normalmente en uno de esos ranchos de terrón y paja, dormían el Abuelo Juan y el tío Eduardo. En el otro, María Dionisio y Marina.


Ese día, cuando comenzó a llegar la noche, el abuelo le pidió a María que se acostara en su cuarto” porque no se sentía bien y deseaba que le hiciera algún té”.


Ese hecho sirve para probarnos el cariño, afecto y respeto que reinaba en la familia. María no dudó un instante y dispuso todo para que Eduardo se quedara en el que era su cuarto. Ella con la ayuda de Dionisio llevó su colchón de dos plazas y lo tendió en el suelo. por eso cuando llegó la noche y como lo había pedido el abuelo Juan, en un rancho se acostó el tío Eduardo. En el otro, el Abuelo, María y los niños se acostaron en el suelo para cuidarlo.


Un detalle sugestivo se desprende de estos testimonios.¿ el Abuelo estaba realmente enfermo o ya había puesto en marcha su plan para eliminar a su familia, especialmente a Marina, fruto de ese amor “que lo tenía muy mal”.
 

 
       
 

La tragedia:

 

      Para determinar la hora de la noche del 9 de mayo en que se registra  la tragedia, nos inclinamos en aceptar las 21 horas, entre otra documentación, la aceptamos porque así consta en los respectivos certificados de defunción de María y Eduardo, anotados con los números 31 y 32 del Libro de Registros del Juzgado de Vergara. Además, Dionisio se concretó a declarar: “hacía rato que estaba oscuro”.

 

      Carlos Yelós nos grabó, hace varios años, la declaración que hizo Dionisio al Juez Abelardo Correa que lo interrogó recién al promediar la tarde del día siguiente. Con voz firme y segura, Dionisio declaró:

 

“Mamá estaba acostándose en el suelo. Allí estaba porque el abuelo estaba enfermo. Para  atenderlo. El abuelo estaba apoyando las manos en las rodillas mirando para abajo. El por acostarse, en un momento, de improviso, saltó con un cuchillo      en la mano, sobre mamá. La atacó a puñaladas. Yo me metí en el medio”.

 

El relato de Yelós se entrecorta. Pese a los años siente el impacto que le produjo escuchar aquello de unos labios de niño. Yelós continua con su relato: “Dionisio se interpuso. Se metió en el medio, poniéndole los brazos y su cuerpito para evitar que hiriera  a su madre. Pero ya estaba herida.

 

 Y así fue herido Dionisio. El niño, sin dudar un instante, corrió hacia donde estaba su hermanita cubriéndola con su cuerpo. El tío Eduardo ya venía. El Abuelo salió al patio. En este momento Dionisio con Marina en sus brazos pasó entre aquellos cuerpos que se habían abrazado en el patio en feroz lucha. Como una luz se metió en el cuarto de donde había salido su tío.”.

 

      Cerró la puerta con todas sus fuerzas. Acomodó como pudo a su hermanita. Sintió cuando el tío le pidió “el cuchillo que estaba debajo de la almohada”.

 

      En una muestra más de su coraje, con sus 9 años y un día, abrió la puerta y con el cuchillo de Eduardo se mezcló en la refriega.

 

      Y lo que en todo momento le preocupó al niño: “No sé quién lo agarró, no sé quien lo agarró…

 

      Volvió al cuarto donde estaba Marina. Cerró otra vez la puerta. Por las rendijas veía a aquellos bultos. Sentía los quejidos. Luego el silencio. Sintió cuando el abuelo tocó la puerta. “Tapé a mi hermana para que no llorara, la podía sentir el viejo…-.”

 

      “Comenzó a sentir, recién comenzó a sentir, que estaba herido”.

 

      Yelós debe interrumpir otra vez su relato. Lo ayudamos. Casi no puede continuar.

 

      “Eduardo, arrastrándose, llegó hasta la puerta y le pidió a Dionisio que le abriera. Dionisio pensó que se arrastraba porque había perdido la muleta.” “Abrime Dionisio, abrime.."

 

 El niño olvidando sus heridas abrió una vez más la puerta. como pudo, ayudó al padrino a entrar. Arrastrándolo.

 

      Al otro día el niño rubio de ojos azules le diría al juez: “El tío me dio la plata, me dijo donde guardaba cuatro pesos”

 

 “Me dijo: las ovejas son para ti”. “El caballo es para ti, Dionisio”. También el apero”. “Luego se quedó dormido, no habló más”.

 

La garganta se anuda. El relato no puede seguir. No encontramos   las palabras para describirlo. Imposible.

 

 
     
 

No dormí, cuidé a mi hermana”

 

      Dionisio siguió relatando con lucidez todo lo que recordaba. Acostado en la cama de un policía, tapado con un poncho criollo. De vez en cuando pidiendo un mate “porque tenía mucha sed”.

 

      Carlos Yelós recuerda: “Dionisio declaró que el viejo Juan siguió dando vueltas durante toda la noche. “Parecía que andaba rezongando”, dijo ingenuamente el niño.

 

 Dionisio escuchaba y miraba por las rendijas de la puerta”. Se quedaba quietito, abrigando a Marina para que no fuera a llorar. El sabía que el abuelo la quería matar.”

 

      Víctor Prigue estuvo presente también mientras Dionisio declaró en la Comisaría de El Oro. Su recuerdo, coincide totalmente, con el ofrecido por Carlos Yelós.

 

 Prigue agrega: “Dionisio dijo que no había dormido en toda la noche. Empezó a sentir dolor y sentía frío. Lo más duro fue cuando nos  dijo que se había cortado un pedazo de grasa que le salía de la herida, con una tijera. Se había enfriado mucho y le dolía. Cortó un pedazo de sábana y se vendó.”.

 

      A medida que escuchamos estos relatos, efectuados separadamente y con una diferencia de 12 años, no dudamos que tanto Yelós como Prigue reprodujeron casi textualmente lo que había oído de la boca de aquel niño herido.

 

      Los dos coincidieron que “Dionisio hizo un atadito con las ropitas de Marina. Para él, no puso nada. Su única preocupación era que la niña llorara y el viejo escuchara.

 

 Las horas no pasaban. Hasta que sintió los pájaros. Era un niño del campo, sabía que cuando los pájaros que andaban en el patio se callaban, era porque alguien andaba por allí.

 

 Estaba amaneciendo. Miró una y otra vez. No sabe cuantas veces. Hasta que estuvo seguro de que el abuelo no estaba. No sabe la hora, pero al poco rato de aclarar. abrió la puerta ya con la niña en brazos y con el atadito de ropa. Se dio cuenta que Eduardo estaba muerto. No se animó ir hasta el otro cuarto donde estaba su madre caída en un inmenso charco de sangre.

 

Miró solo el camino que a dos o tres metros, entre los yuyos altos, se abría por la chacra. Pasó el alambrado y se metió allí. Y corrió y corrió hasta donde pudo. Sin mirar para atrás. Sin detenerse.”

 

      Dionisio siguió el mismo caminito, un sendero que lo llevaba hasta la costa del arroyo.

 

      Y anduvo con su hermanita apretada contra su pecho. Apenas se detuvo dos o tres veces “para tomar agua en las cañadas con la barriga contra el suelo”.

 

      Eran 7 kilómetros que tenía que andar. Y anduvo porque esa noche había “soñado con ser hombre y lo fue”.

 
     
 

·         La ternura de Dionisio:

 

      Hacía mucho frío: “la helada se había levantado con viento”, dijo uno de los testigos. Dionisio vestía una camisita de percal y pantalones cortos. Nada más. Sólo se había preocupado por la ropa de Marina. La de él, no importada.

 

      Yelós recuerda “que había venido derecho y que en dos cañadas se había detenido porque sentía mucha sed. Sólo allí se había detenido. Se había echado de barriga para tomar agua”.

 

      Pero nuestra emoción es ya incontenible cuando escuchamos este trozo de sus declaraciones: “Sentaba a su hermanita en el suelo, con cuidado para que no llorara, y se acostaba a tomar agua para luego levantarla en brazos. Siempre cuidando que el abuelo no se le apareciera en el camino.”

 

      Tenía su vientre abierto. Y la fiebre le estaba invadiendo. Pero él , “machito y pico él”, solo pensó en salvar a Marina. Abrigándola, cuidándola.

 

      Interrogamos a Luís Ramos, el padre de Marina, sobre la posibilidad de que la hermanita lo hubiera ayudado algo. Ramos fue categórico: “No ¡qué va a caminar! Allí a las cortitas si, pero la debió llevar en sus brazos. Marina pesaba, era gorda…Tenía 15 meses, ella es del 17 de Febrero”.

 

      A Dionisio no le importó. Más allá de la mitad de esa mañana del 10 de Mayo, Dionisio ya estaba frente a los primeros ranchos del pueblo. No perdió tiempo y marchó directo hacia la casa de Adelaida González que era amigo de la familia, había sido policía y ahora era el alcalde. ¡Hasta en eso pensó Dionisio!

 

      Lino Pereira, que era vecino de González, fue testigo del arribo de Dionisio: “El pobre llegó con la hermana. Había una helada que le volaba la pera” . “Menos    mal que la gurisita no lloró”. “Yo le vi la herida”. “Vengo herido, el abuelo mató a mamá y al tío”, fue lo primero que dijo.

 

 Braulia salió corriendo y agarró a Marina. El Lalo (González) le dijo si quería que lo llevara en brazos y el gurí dijo: “No señor, ahora ya dejé la hijita”. “No don Lalo, ahora voy mejor.”

 

      Dionisio marchó solito para la Comisaría. Allí sorprendió a Yelós y al agente Lemos tomando mate, sacándose el frío atrás de los ranchos.

 

 
     
 

·         Los testigos de la escena.

 

      Yelós escuchó el primer relato del niño. Lo recuerda así:

 

 “Apareció por el frente. Vimos que venía un niño y en las manos traía un atadito de ropa. Lo conocimos cuando estaba a unos 15 metros. A la hermana la dejó en la casa de Adelaida González que había sido policía y era alcalde,

 tenía un ranchito a media cuadra. Sus primeras palabras fueron: “ El abuelo mato a mi madre y al tío Eduardo y me hirió a mí”. Nos dijo que estaba herido. Lo acosté en mi cama. Mandé buscar a una vecina, pariente del padre de él, Clementina  Núñez y le pedí que quedara          allí cuidándolo. Venía fajado. Le dolía porque estaba con los intestino de afuera. No se podía apretar. Estaba malo. No se quejaba. Lo único que expresaba era rabia porque le habían matado la madre y al tío Eduardo.”

 

“Llamé al médico a Vergara y al Juez de Paz que también estaba en Vergara”.

 

      Casi a dos horas de allí, en Vergara, a las 13 y 30 Víctor Prigue recibe un pedido para hacer un viaje. “Uno de los tantos” pensó. ¡Que equivocado estaba!

 

Aprontó su Ford 4. Levantó al Juez Abelardo Correa. Al médico Antonio Pisano y a los que serían testigos judiciales Salvador Acosta y Vicente Senosiain.

 

“Primero fuimos a la casa de la tragedia. No sabíamos que un niño había salvado a su hermana. Lo supimos recién por el policía que estaba en los ranchos”.

 

      De acuerdo a lo dicho por Prigue, recién entre las 15 y 30 y 16 horas llegaron a la Comisaría donde el niño rubio de ojos azules esperaba para que lo salvaran desde la mañana.

 

      Prigue relató: “Dionisio era hermoso. ¡Que precioso niño! Quedé muy mal cuando vi que tenía una puñalada por donde le salía un pedazo de intestino. Tenía otra puñalada más pequeña un poquito más abajo. En un brazo tenía un puntazo” Su color, pese a la sangre que había perdido era bueno”.

 
     
 

TESTIMONIOS DE LA TRAGEDIA DEL PEQUEÑO DIONISIO Y PROTAGONISTAS DE LA TRAGEDIA   

             

EXTRAÍDOS DEL DIARIO PALABRA DEL AÑO 1982

 

·         Juan Díaz

      “Natalio Vergara, que vivía muy cerca de los ranchos, afirma que Juan Díaz le expresó un día: “Estoy muy disgustado porque no estoy acostumbrado que en mi casa se vean cosas que a mí no me gustan”, haciendo referencia a los amores entre María, su hija, y Luis Ramos. ( Extractado del Diario Palabra del 23 de Abril de 1982)

 

      Lino Pereira conocía también al abuelo: “Era un hombre muy bueno. Servicial. No quería los amores de la hija” . ( Extractado del Diario Palabra del 23 de Abril de 1982)

 

·         Luis Ramos, el Padre de Marina:

      Carlos Yelós, el escribiente, nos dice: “Luis Ramos estaba sólo periódicamente. Trabajaba en las esquilas y cuando no había trabajo, se dedicaba como mucha gente, al contrabando de cargueros, los famosos cargueros de aquella época. Cuando venía, estaba una semana o unos días. Luego se iba por un tiempo. No estaba allí el día de la tragedia. ( Extractado del Diario Palabra del 23 de Abril de 1982)

 

 

·         El escenario: Extractado del Diario Palabra del 23 de Abril de 1982

 

      A Carlos Yelós le pedimos que nos describiera todo el entorno que sirvió de escenario para los hechos.

 

      “El Pueblo del Oro, tenía “ 30 o 40 ranchos de mala muerte. Eran de policías, peones de estancia, trabajadores rurales. Era un pueblo de muy poca importancia.

 

      Habría entre 200 y 300 habitantes. La vida era completamente tranquila. Era gente buena y de trabajo. Los hombres pasaban su tiempo trabajando en las chacras y las estancias de la zona.

 

      Teníamos teléfono con Treinta y Tres y Vergara, teléfono policial. Había diligencias , autos y camiones que hacían el tramo de Treinta y Tres a Vergara. Más cerca quedaba Vergara, unos 25 kilómetros y a Treinta y Tres unos 38. En auto se demoraba por lo menos dos horas a Treinta y Tres y a Vergara algo menos.

 

La escuela estaba casi en el mismo lugar que ahora, un poquito más hacia el pueblo, donde está el plantío de fresnos.

 

La Comisaría estaba exactamente donde hoy está el monolito. Allí recibí a Dionisio en aquella mañana muy fría del 10 de Mayo. La puerta daba hacia el camino que va al paso.”

 

      Refiriéndose a la Comisaría de la que Yelós era escribiente, afirmó: “El Comisario era  Ramón Da Rosa y había el la Sección unos 12 funcionarios. Pero el día en que llegó herido Dionisio estábamos solo el agente Gregorio Lemos y yo.

 

La Comisaría se componía de dos ranchos de dos aguas. De terrón. Techo de paja y piso de tierra. Las ventanas eran de madera rústica.

 

El 10 de Mayo de 1929, día en que Dionisio debió recorrer la distancia entre los ranchos y la Comisaría, herido y con su hermana en brazos, fue un día muy frío . Había, según el relato de Yelós, “un viento de helada. Tan frío estaba que cuando llegó el niño, estábamos tomando mate al abrigo del sol, detrás del rancho”.

 

Natalio Vergara recuerda que “todo está igual que en aquel día, solo no existen los ranchos. El campo quizás estaba un poco más sucio. El pueblo, igual que ahora, solo que un poco más poblado.”

 

 
     
     
 

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